Las reglas
Por Camila Baux
̶ Por favor silencio chicos. Les presento a
María Fuentes, que se incorpora a nuestra clase. Denle la bienvenida -
Era
oficial, era la “nueva”. La maestra me sentó en un banco libre que había
quedado en la mitad de la clase. Para cuando me senté todos ya habían notado mi
sonrisa plateada y el único que me sonrió fue un gordo pelirrojo que le decían
el Colo que también tenía aparatos. Yo
no respondí la sonrisa y nunca me hablo. Fui la nueva ese año y lo único que
quería era hacerme invisible. En retrospectiva, creo que lo único que quería era
tener amigos, amigos de verdad, pero esos vinieron más adelante. Los primeros
días fueron duros, las semanas siguientes también, y al cabo de varios meses me
acostumbré a la angustia como si fuera una espina difícil de sacar, que uno se
olvida que la tiene incrustada en el cuerpo.
Para
los nuevos las reglas no estaban claras. Era como querer caminar con patines haciendo
el ridículo en todo momento. Después de unas semanas de entrar en la jungla de
un colegio se puede percibir como funcionan las cosas. Lo más importante es descubrir
quien es quien y de acuerdo a eso ver donde uno queda parado. Lo único que yo
sabía ese marzo de ‘85 era que yo era la nueva. Esa etiqueta me duró todo el
año. Mucho más tarde comprendí que eso había sido bueno, ya que era un especie
de limbo antes de ser catalogado de por vida. Con el correr de las semanas todo
estuvo claro, era evidente como los pares se juntaban de acuerdo a sus
intereses. Cuando vi lo simple que era respetar el orden que existía, llegué a creer
que ese primer día estaba ciega. Todo el mundo estaba expectante para ver con
que grupo te relacionabas. Por un lado estaban los nerds, tan inmersos en su
mundo de megabytes que no socializaban con nadie. En el otro extremo estaban
los populares, los chancheros, los que nosotras ya empezábamos a suspirar por
los pasillos cuando volvían de jugar al fútbol Había muchos grupos diseminados en todos los
años: los raros, los gordos, los tímidos, y después había un gran
resto. Un dulce montón que no clasificaba en ningún grupo anterior simplemente
eran “los demás”. La razón por la cual yo entré en esa masa fue por descarte. Con
esa etiqueta de “los demás” y sentada en el medio de la clase incorporé un bajo
perfil que me acompaño hasta el comienzo de la secundaria. La idea era nunca
sobresalir. Hasta el día que me cansé.
Más
adelante tuve otras etiquetas, la que se rateó de la clase, la ex de Martín la
que viene en moto al colegio. Creo que lo de la moto fue un antes y un después.
Me ayudó a salir de la nebulosa general.
Fue gracias a mi vecino que cuando mis viejos se iban a trabajar, me
prestaba su moto. Llevaba la cabeza en alto cada vez que entraba por esas rejas.
Era una zanella que estaba en las últimas pero yo me sentía que protagonizaba una
película de cine. Las maestras se enteraron y mis padres con la rapidez de un
llamado telefónico estaban atosigándome de donde había sacado la moto. Aunque
la aventura duró poco, me ayudó para salir con los chicos más grandes y así
surgió la etiqueta de la zarpada, la que salía con grandes. Se decían muchas
cosas de mí, rumores que no quería negar aunque no fueran ciertos, porque tenía
un prestigio ganado del cuál quería seguir gozando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario