miércoles, 7 de noviembre de 2012


Las reglas

Por Camila Baux

Las reglas no eran claras. Nunca lo eran el primer día de clase de un nuevo colegio.  Mi primer día en el colegio mixto fue en marzo del 85 y empezaba quinto grado. Con uniforme impecable y camisa recién planchada estaba parada inmóvil mirando por las rejas del patio de entrada. Ese día y los siguientes yo quería ser una reja más. Como si pudiera convertirme en un camaleón quería pintarme de blanco y pasar desapercibida el mayor tiempo posible. Mientras todo el mundo daba vueltas alrededor, yo miraba en silencio a mi nuevo colegio. En esos primeros minutos ya intuí que no me iba a gustar.  Me quedé mirando al único chico que no tenía un adulto cerca. Era más grande que yo. Pateaba la pared y su pelo largo caía llovido de a mechas sobre la cara. Cuando se dio cuenta que lo miraba paró su fútbol frontón y me observó. Enseguida bajé la mirada y le di la espalda aunque lo seguí mirando de reojo. El seguía mirándome. Creí por un momento que había hecho un amigo así, a la distancia y en silencio. Me equivoqué. Martín nunca fue mi amigo, fue algo más. Lo perdí de vista cuando mi mamá me tironeaba hacia adelante para que entrara a la sala de 5B. Había mucho barullo de chicos y chicas de mi misma edad. Apenas crucé la puerta sentí que millones de ojos mirándome. Creo que fue la única vez que recibí tanta atención. La maestra me presentó frente a todos mis nuevos compañeros. Sonreí a medias como lo solía hacer en aquel tiempo evitando mostrar mis aparatos fijos.
̶  Por favor silencio chicos. Les presento a María Fuentes, que se incorpora a nuestra clase. Denle la bienvenida -  
Era oficial, era la “nueva”. La maestra me sentó en un banco libre que había quedado en la mitad de la clase. Para cuando me senté todos ya habían notado mi sonrisa plateada y el único que me sonrió fue un gordo pelirrojo que le decían el Colo que también tenía aparatos.  Yo no respondí la sonrisa y nunca me hablo. Fui la nueva ese año y lo único que quería era hacerme invisible. En retrospectiva, creo que lo único que quería era tener amigos, amigos de verdad, pero esos vinieron más adelante. Los primeros días fueron duros, las semanas siguientes también, y al cabo de varios meses me acostumbré a la angustia como si fuera una espina difícil de sacar, que uno se olvida que la tiene incrustada en el cuerpo.     
Para los nuevos las reglas no estaban claras. Era como querer caminar con patines haciendo el ridículo en todo momento. Después de unas semanas de entrar en la jungla de un colegio se puede percibir como funcionan las cosas. Lo más importante es descubrir quien es quien y de acuerdo a eso ver donde uno queda parado. Lo único que yo sabía ese marzo de ‘85 era que yo era la nueva. Esa etiqueta me duró todo el año. Mucho más tarde comprendí que eso había sido bueno, ya que era un especie de limbo antes de ser catalogado de por vida. Con el correr de las semanas todo estuvo claro, era evidente como los pares se juntaban de acuerdo a sus intereses. Cuando vi lo simple que era respetar el orden que existía, llegué a creer que ese primer día estaba ciega. Todo el mundo estaba expectante para ver con que grupo te relacionabas. Por un lado estaban los nerds, tan inmersos en su mundo de megabytes que no socializaban con nadie. En el otro extremo estaban los populares, los chancheros, los que nosotras ya empezábamos a suspirar por los pasillos cuando volvían de jugar al fútbol   Había muchos grupos diseminados en todos los años: los raros, los gordos, los tímidos, y después había un gran resto. Un dulce montón que no clasificaba en ningún grupo anterior simplemente eran “los demás”. La razón por la cual yo entré en esa masa fue por descarte. Con esa etiqueta de “los demás” y sentada en el medio de la clase incorporé un bajo perfil que me acompaño hasta el comienzo de la secundaria. La idea era nunca sobresalir. Hasta el día que me cansé.
Más adelante tuve otras etiquetas, la que se rateó de la clase, la ex de Martín  la que viene en moto al colegio. Creo que lo de la moto fue un antes y un después. Me ayudó a salir de la nebulosa general.  Fue gracias a mi vecino que cuando mis viejos se iban a trabajar, me prestaba su moto. Llevaba la cabeza en alto cada vez que entraba por esas rejas. Era una zanella que estaba en las últimas pero yo me sentía que protagonizaba una película de cine. Las maestras se enteraron y mis padres con la rapidez de un llamado telefónico estaban atosigándome de donde había sacado la moto. Aunque la aventura duró poco, me ayudó para salir con los chicos más grandes y así surgió la etiqueta de la zarpada, la que salía con grandes. Se decían muchas cosas de mí, rumores que no quería negar aunque no fueran ciertos, porque tenía un prestigio ganado del cuál quería seguir gozando. 

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