viernes, 30 de noviembre de 2012


Babel
Por Camila Baux

La primera vez que lo escuchó no le prestó atención. Tan solo le golpeó la espalda con suaves golpes como cuando roncaba. Fue una noche de Agosto cuando Pablo comenzó a hablar en sueños. Se acuerda que fue la misma noche que fueron al estadio a ver fútbol americano. A esa primera noche les siguieron todas y lo que fue un comentario gracioso al desayuno se convirtió al poco tiempo en un tema tabú que jamás se atrevió volver a mencionar. A la tercera noche, Flavia quedó atónita en la oscuridad acurrucada en su lado izquierdo de la cama. Pablo hablaba en francés. Desde que lo había conocido en una fiesta hace cuatro años en Tribeca nunca supo que sabía otro idioma además del inglés y el español. Al día siguiente intentó hablar en francés pero él se excusó diciendo que ese idioma era una tarea pendiente en su vida. Flavia enmudeció. La pronunciación había sido perfecta.
Al poco tiempo de salir, Pablo se había mudado a su departamento en Nueva York. En verdad siempre intuyó que Pablo tenía sus secretos y misterios, pero a ella nunca le importó, porque ella también tenía los suyos. Aunque sus amigas le dijeron que era muy pronto, ella siempre fue de disfrutar el presente y hasta esa noche no se había arrepentido. Lo de hablar en los sueños no llamaba la atención a nadie, y en verdad alejada ya de sus amigas Flavia no sabía con quien consultar. Apenas lo escuchaba a él dormirse, se iba a la cocina o prendía la tele sin volumen. Tímidamente regresaba al cuarto para escuchar que decía en los sueños. La carcomía una angustia que no cesaba. Quería saber pero no quería escuchar. Caminaba descalza por el departamento y se refugiaba en la cocina comiendo galletitas o tomando un té de Valeriana. A veces dejaba la puerta entreabierta y escuchaba sentada en el sillón de cuero marrón tapada por la manta. Una noche entró en pánico. Ya no escuchaba susurros sino órdenes como sentencias militares y por primera vez vio lo que era Pablo enojado, o mejor dicho sacado. Salió corriendo a la cocina y se quedó mirando la pantalla de la notebook apagada. Ese día decidió que debería llevar un diario, registrando todo lo que decía Pablo en sueños. Empezó un archivo bajo el nombre de Babel y lo protegió con contraseña. Tecleaba nerviosa cada palabra, escuchaba a Pablo moverse en la cama de un lado al otro sin despertarse. Un grito, le hizo cerrar la compu de inmediato. Petrificada le escuchó repetir  en francés: Mourez Tous! Mueran Todos!
            A la mañana siguiente, se fue a la oficina antes de que Pablo se levantara y le dejó un cartelito en la heladera. Se tomó un café en el bar de la esquina y por primera vez en mucho tiempo se sintió sola. No solo en aquel bar, mirando la gente pasar desde la ventana sino en la vida, lejos de amigos, lejos de su familia. Cuando llegó al trabajo tenía tres llamados de Pablo que decidió ignorar.  Llegó más temprano al departamento, necesitaba hablar tranquila con él. No encontró la paz que buscaba sino todo lo contrario. Apenas dio vuelta la llave, vio gente extraña. Eran unas seis o siete personas sentadas en el piso tomando agua de sus vasos de colores. No se inmutaron al verla entrar. Los tres segundos que se quedó inmóvil parada en la entrada escuchando a todos hablar francés le parecieron un limbo eterno. Pablo apareció desde la cocina con galletitas y al verla se acercó en cámara lenta como examinando su reacción. Le besó la frente y dijo que estaba reunido con amigos de la infancia. Ella, bajó la cabeza y sin mirarlo a los ojos se excusó con que debía ir al gimnasio. Salió de nuevo  la calle, con su vestido ajustado azul y sus tacos aguja Jimmy Choo.
Flavia ya no se acuerda en que momento se convirtieron en extraños. Como de común acuerdo habían aceptado que cada cual hiciese su vida. El traía gente extraña a toda hora, sin avisar. Ella salía escurridiza del baño al gimnasio evitando las miradas de aquellas personas que se instalaban en su sillón de cuero. Cada vez que daba vuelta la llave del departamento temía ver con quien se encontraba. Ansiaba volver a la tranquilidad de antes cuando salían a caminar por el central park tomados de la mano como gente normal. ¿Pero, quién era normal en Nueva York? El diario de Babel se había convertido en una obsesión. Había remplazado el té por café expresos, y las galletitas por cigarrillos Marlboro. Las madrugadas se volvieron su pesadilla tecleando coordenadas, nombre de monumentos, órdenes de fusilamientos y palabras que se repetían a lo largo de las noches.
El martes después de comer sola, porque Pablo había salido, aprovechó para dormir un rato. Últimamente sentía un cansancio sofocante que sus ojeras hundidas negras no podían negar. El estado de alerta constante se había convertido en una paranoia, que reconocía en sus actos, pero algo le decía que debía estarlo. Cuando llegó se hizo la dormida, y esperó que se fuera a la cama. Pablo se fue al baño se lavó las manos y la cara con mayor cuidado que de costumbre y sin hacer mucho ruido se fue de nuevo en el living. Flavia comenzó a escuchar susurros. Se reincorporó y sigilosamente se acercó al borde de la cama. Era la primera vez que lo veía rezar en árabe. Tirado sobre una colchoneta con la cabeza entre sus brazos al ras del piso. Rezaba cánticos musulmanes y alzaba sus brazos al son de ellos. Compenetrado en su rito no vio la cara de horror de Flavia en la oscuridad mientras repetía Allah, Allah, Allah. Flavia se quedó sin aire, volvió a taparse y todo su cuerpo empezó a temblar sin poder controlarlo. Se quedó en posición fetal llorando en silencio.
A las seis de la mañana salió a trabajar. Desde la oficina le mandó un mensaje de texto a Pablo anunciando que esa noche debería viajar por  trabajo a Philadelfia. Marcó send y suspiró dejándose llevar por el balanceo hacia atrás de su sillón. Miraba los rascacielos grises perderse en el cielo. Necesitaba un tiempo fuera de Nueva York, bien lejos de Pablo. En el trabajo fue sencillo armar un viaje a la casa matriz con poca anticipación y su jefe estaba contento por la iniciativa. Volvió temprano a casa para hacer la valija. Aliviada comprobó que Pablo no estaba y tenía todo su departamento para ella en calma y paz. Hizo su valija con más ropa de la que necesitaría y empezó a limpiar un poco el living que ya el polvo cubría toda la biblioteca. Con la franela daba golpecitos a los libros y los estantes hasta que en un descuido cayó al piso el pájaro azul que Pablo había traído de un viaje. Le había dicho que esos objetos eran de la buena suerte y traían armonía al hogar. El azul lo había colocado en el living, el rojo en la cocina, y el blanco en el dormitorio. Miro el piso y vio el objeto hecho trizas en el piso. Al juntar los vidrios azules comprobó un pequeño artefacto negro que estaba en su interior. Parecía una camarita oculta, igualita a su webcam pero en miniatura. Salió corriendo y se encerró en el baño. Allí no había ningún objeto, miro por todos lados para ver si veía algo raro, algo nuevo y nada. No entendía nada. La cabeza le funcionaba a mil. ¿Por qué la espiaba Pablo? ¿En quien se había convertido? Estaba confundida no sabía que debía hacer, lo único que sentía era miedo. Miedo que le atravesaba el cuerpo y la tenía prisionera. Debía limpiar todo y no dejar rastros del accidente. Su celular sonaba, un mensaje de Pablo que le decía: “Te llevo al aeropuerto en minutos llego a casa”
El viaje hasta el aeropuerto fue incómodo. El único que hablaba era el taxista y tan solo escuetas palabras del tiempo y del frío que se pronosticaba en la radio. Flavia creía que lo conocía.  Miraba por el retrovisor la cara. Creía que esos ojos oscuros los había visto antes. Llegó a pensar que era unos de esos amigos de Pablo que había estado en el departamento sentado en el sillón. Cerró los ojos, no veía la hora de salir corriendo del auto y embarcar. Con las manos escondidas bajo sus muslos, y sentada bien cerca de la ventana se mantuvo rígida, casi sin moverse la hora entera que duró el viaje. 
̶  A tu vuelta debemos irnos de viaje ̶ le sugirió Pablo
Como una sombra, Pablo la acompaño hasta hacer el check-in y la entrada a migraciones y se despidió con un beso que Flavia no respondió. Sin mirar atrás ella se perdió tras las puertas detectoras. Luego de pasar la seguridad se quedó frente al vidrio viendo los aviones aterrizar hasta que la pista quedó a oscuras. Llamó a los padres, que vivían en Chicago y les dejó un mensaje. Se ubicó frente a un monitor en la sala de al lado mirando la gente pasar.  Escuchó su nombre por el altoparlante: Flavia Menéndez, por favor acercarse a puerta número 15. Su nombre retumbaba en el pasillo. Una, dos y tres veces lo escuchó retumbando en la sala interrumpiendo el silencio. Finalmente escuchó el último llamado de embarque con su nombre y después hubo paz. Se quedó sentada mirando como cerraban la puerta y retiraban el cartel del vuelo. Frente al monitor esperó la confirmación de despegue. Cuando aparecieron las letras blancas DEPARTED en el monitor azul, sintió alivio dejando caer todo su peso por primera vez en la silla.
Durmió acurrucada en una fila de tres asientos que encontró libre. A las tres de la mañana cuando se despertó en la tele del kiosco de revistas pasaba la noticia del momento. Imágenes de humo y fuego acapararon todos los monitores visibles. Una bomba había explotado en un avión. Flavia comenzó a llorar llevándose las manos a la cabeza. Varios pasajeros en tránsito compartían la angustia. No era cualquier avión, era el vuelo 382 AA a Philadepfia. Su vuelo. Había una foto de un sospechoso. No dudaba, era Pablo.

miércoles, 7 de noviembre de 2012


Las reglas

Por Camila Baux

Las reglas no eran claras. Nunca lo eran el primer día de clase de un nuevo colegio.  Mi primer día en el colegio mixto fue en marzo del 85 y empezaba quinto grado. Con uniforme impecable y camisa recién planchada estaba parada inmóvil mirando por las rejas del patio de entrada. Ese día y los siguientes yo quería ser una reja más. Como si pudiera convertirme en un camaleón quería pintarme de blanco y pasar desapercibida el mayor tiempo posible. Mientras todo el mundo daba vueltas alrededor, yo miraba en silencio a mi nuevo colegio. En esos primeros minutos ya intuí que no me iba a gustar.  Me quedé mirando al único chico que no tenía un adulto cerca. Era más grande que yo. Pateaba la pared y su pelo largo caía llovido de a mechas sobre la cara. Cuando se dio cuenta que lo miraba paró su fútbol frontón y me observó. Enseguida bajé la mirada y le di la espalda aunque lo seguí mirando de reojo. El seguía mirándome. Creí por un momento que había hecho un amigo así, a la distancia y en silencio. Me equivoqué. Martín nunca fue mi amigo, fue algo más. Lo perdí de vista cuando mi mamá me tironeaba hacia adelante para que entrara a la sala de 5B. Había mucho barullo de chicos y chicas de mi misma edad. Apenas crucé la puerta sentí que millones de ojos mirándome. Creo que fue la única vez que recibí tanta atención. La maestra me presentó frente a todos mis nuevos compañeros. Sonreí a medias como lo solía hacer en aquel tiempo evitando mostrar mis aparatos fijos.
̶  Por favor silencio chicos. Les presento a María Fuentes, que se incorpora a nuestra clase. Denle la bienvenida -  
Era oficial, era la “nueva”. La maestra me sentó en un banco libre que había quedado en la mitad de la clase. Para cuando me senté todos ya habían notado mi sonrisa plateada y el único que me sonrió fue un gordo pelirrojo que le decían el Colo que también tenía aparatos.  Yo no respondí la sonrisa y nunca me hablo. Fui la nueva ese año y lo único que quería era hacerme invisible. En retrospectiva, creo que lo único que quería era tener amigos, amigos de verdad, pero esos vinieron más adelante. Los primeros días fueron duros, las semanas siguientes también, y al cabo de varios meses me acostumbré a la angustia como si fuera una espina difícil de sacar, que uno se olvida que la tiene incrustada en el cuerpo.     
Para los nuevos las reglas no estaban claras. Era como querer caminar con patines haciendo el ridículo en todo momento. Después de unas semanas de entrar en la jungla de un colegio se puede percibir como funcionan las cosas. Lo más importante es descubrir quien es quien y de acuerdo a eso ver donde uno queda parado. Lo único que yo sabía ese marzo de ‘85 era que yo era la nueva. Esa etiqueta me duró todo el año. Mucho más tarde comprendí que eso había sido bueno, ya que era un especie de limbo antes de ser catalogado de por vida. Con el correr de las semanas todo estuvo claro, era evidente como los pares se juntaban de acuerdo a sus intereses. Cuando vi lo simple que era respetar el orden que existía, llegué a creer que ese primer día estaba ciega. Todo el mundo estaba expectante para ver con que grupo te relacionabas. Por un lado estaban los nerds, tan inmersos en su mundo de megabytes que no socializaban con nadie. En el otro extremo estaban los populares, los chancheros, los que nosotras ya empezábamos a suspirar por los pasillos cuando volvían de jugar al fútbol   Había muchos grupos diseminados en todos los años: los raros, los gordos, los tímidos, y después había un gran resto. Un dulce montón que no clasificaba en ningún grupo anterior simplemente eran “los demás”. La razón por la cual yo entré en esa masa fue por descarte. Con esa etiqueta de “los demás” y sentada en el medio de la clase incorporé un bajo perfil que me acompaño hasta el comienzo de la secundaria. La idea era nunca sobresalir. Hasta el día que me cansé.
Más adelante tuve otras etiquetas, la que se rateó de la clase, la ex de Martín  la que viene en moto al colegio. Creo que lo de la moto fue un antes y un después. Me ayudó a salir de la nebulosa general.  Fue gracias a mi vecino que cuando mis viejos se iban a trabajar, me prestaba su moto. Llevaba la cabeza en alto cada vez que entraba por esas rejas. Era una zanella que estaba en las últimas pero yo me sentía que protagonizaba una película de cine. Las maestras se enteraron y mis padres con la rapidez de un llamado telefónico estaban atosigándome de donde había sacado la moto. Aunque la aventura duró poco, me ayudó para salir con los chicos más grandes y así surgió la etiqueta de la zarpada, la que salía con grandes. Se decían muchas cosas de mí, rumores que no quería negar aunque no fueran ciertos, porque tenía un prestigio ganado del cuál quería seguir gozando.